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Durante varias semanas Colombia volvió a soñar. El equipo dirigido para el Mundial de 2026 ilusionó a millones de aficionados con una fase de grupos sólida, buen fútbol y un estilo ofensivo que hacía pensar que, por fin, la Selección Nacional estaba preparada para dar el salto definitivo hacia la élite del fútbol mundial. Sin embargo, la historia terminó repitiéndose. La derrota frente a Suiza no solo significó la eliminación del campeonato; también dejó al descubierto un problema que Colombia arrastra desde hace más de una década: la falta de un verdadero goleador.
El partido frente a Suiza fue, quizás, el mejor resumen de las virtudes y los defectos del fútbol colombiano. La Selección tuvo posesión, generó juego, llegó al arco rival en repetidas ocasiones y dominó varios tramos del compromiso. Pero el fútbol no premia las estadísticas de posesión ni las aproximaciones. El fútbol premia al que convierte. Y Colombia, una vez más, no convirtió cuando más lo necesitaba.
La imagen que probablemente quedará grabada en la memoria de los aficionados será la oportunidad desperdiciada por Hamilton Campaz en los últimos minutos del tiempo suplementario. Una jugada que pudo cambiar la historia del partido terminó convirtiéndose en el símbolo de un problema mucho más profundo: la incapacidad para definir en los momentos decisivos.
No se trata de señalar a un solo futbolista. Campaz no perdió solo el partido. Las derrotas nunca son responsabilidad exclusiva de un jugador. Pero sí representa una realidad que el fútbol colombiano lleva años intentando ocultar. Colombia crea, Colombia llega, Colombia entusiasma… pero Colombia no tiene quien haga los goles.
Desde la lesión de Radamel Falcao García, que lo dejó por fuera del Mundial de Brasil 2014, la Selección no ha encontrado un delantero que asuma con regularidad el papel de goleador. En aquella Copa del Mundo apareció James Rodríguez, quien terminó siendo el máximo anotador del torneo y cargó sobre sus hombros la ilusión de todo un país. Han pasado más de doce años desde entonces y Colombia sigue buscando ese «9» que convierta las oportunidades en victorias.
Han pasado entrenadores, generaciones de futbolistas y diferentes procesos. Han aparecido delanteros con buenas campañas en clubes nacionales e internacionales, pero ninguno ha logrado consolidarse como el hombre de los goles en la Selección. El problema dejó de ser una mala racha para convertirse en una necesidad estructural del fútbol colombiano.
La eliminación también reabre otro debate que durante años ha incomodado a muchos aficionados: ¿hasta cuándo seguiremos celebrando las eliminaciones dignas?
Cada torneo parece terminar con el mismo discurso. Que se compitió bien. Que se estuvo cerca. Que el rival también juega. Que se ganó experiencia. Que hay futuro. Sin embargo, las vitrinas continúan vacías.
La historia del deporte no recuerda a quienes estuvieron cerca; recuerda a quienes levantaron los trofeos. Las grandes selecciones no construyen su legado con buenas presentaciones, sino con campeonatos. Argentina no es recordada por haber llegado varias veces a cuartos de final. Alemania no construyó su historia por competir bien. Brasil no es el gigante del fútbol porque «jugó bonito». Son potencias porque ganaron.
Y Colombia necesita comenzar a pensar como una selección que aspire a ganar.
El país posee una de las ligas con mayor producción de futbolistas de Sudamérica. Exporta jugadores a las principales ligas del mundo. Sus futbolistas cuentan con infraestructura de alto nivel, nutricionistas, cuerpos médicos especializados, tecnología deportiva, análisis de rendimiento y condiciones que generaciones anteriores jamás imaginaron. Nunca antes un futbolista colombiano había tenido tantas herramientas para desarrollar su carrera profesional.
Precisamente por eso, también crecen las exigencias.
Ser futbolista profesional implica convivir con la presión de representar a un país entero. La crítica hace parte del deporte de alto rendimiento. Cuando un jugador viste la camiseta de la Selección Colombia, deja de representar únicamente a su club o a su ciudad; representa a millones de colombianos que depositan en esos noventa minutos sus ilusiones, su orgullo y su identidad.
James Rodríguez también vuelve al centro del debate. Nadie puede desconocer lo que significó para la historia del fútbol colombiano. Fue el rostro de una generación que hizo soñar al país y dejó actuaciones inolvidables. Sin embargo, el paso del tiempo es una realidad para cualquier deportista. La velocidad ya no es la misma, el desgaste físico es evidente y el liderazgo, aunque sigue siendo importante, necesita estar acompañado por una nueva generación capaz de asumir el protagonismo.
La gran pregunta es quién tomará ese relevo.
Porque el fútbol colombiano no puede depender eternamente de los recuerdos del 2014. Las nuevas generaciones están llamadas a escribir su propia historia y, hasta ahora, esa historia sigue sin aparecer.
El deporte nació como una forma de competir sin recurrir a la guerra. En el campo de juego las diferencias entre naciones se resuelven con talento, estrategia y carácter. Por eso las Copas del Mundo tienen un valor que va mucho más allá de un simple campeonato. Son escenarios donde los países buscan demostrar su grandeza deportiva frente al mundo.
Colombia ya demostró que puede competir. Ahora necesita demostrar que puede ganar.
La eliminación frente a Suiza debe convertirse en un punto de inflexión y no en otro capítulo de resignación. El verdadero reto comienza hoy: formar delanteros, fortalecer los procesos juveniles, exigir mayor competitividad y construir una mentalidad donde el objetivo no sea únicamente participar, sino conquistar títulos.
Porque el pueblo colombiano ya no necesita más excusas. Necesita resultados.
Las nuevas generaciones merecen crecer viendo a su selección levantar trofeos y no solamente acumulando historias de «estuvimos cerca». El talento existe, la pasión sobra y el respaldo de millones de aficionados nunca ha faltado. Lo que hace falta es transformar ese potencial en campeonatos.
El Mundial 2026 terminó para Colombia con una sensación amarga. No por haber perdido únicamente un partido, sino porque volvió a quedar la impresión de que el techo de la Selección sigue siendo el mismo de hace más de una década.
La ilusión terminó. Pero las preguntas apenas comienzan.
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